lunes, 29 de septiembre de 2014

Las primeras bombas de la historia

No solo con pólvora y cañones se han ganado batallas. A lo largo de la historia, los ejércitos han recurrido a todo tipo de “bombas” para destruir al enemigo. 

En Mesopotamia, cual precursores de la guerra biológica, los asaltantes de las ciudades metían cadáveres putrefactos de animales o de seres humanos para desmoralizar a sus habitantes. Contra las tropas organizadas de asaltantes, los defensores de las ciudadelas o castillos amurallados catapultaban animales vivos, avisperos y cestos llenos de escorpiones o serpientes venenosas. 

Un caso célebre tuvo lugar en el sur de Francia, a inicios del siglo XIII, en plena cruzada contra los cátaros. En mayo de 1216, el conde Ramón VII de Tolosa, partidario de los cátaros, puso sitio a la fortaleza de Beaucaire, en poder del cruzado Simón de Montfort. La conquistó el 24 de agosto tras un largo asedio en el que los defensores les lanzaron sacos de azufre, estopa y brasas ardientes que producían un humo asfixiante, además de ratas.

También se obtenía un gas letal mezclando azufre, pez, resina y estiércol de caballo; y los chinos fabricaban bombas lacrimógenas con hierbas y arroz que, al quemarse, emanaban un humo irritante. Cualquier líquido inflamable valía, y a falta del socorrido aceite hirviendo a veces se lanzaba orina muralla abajo. 

En 1914, durante la Primera Guerra Mundial, los alemanes obligaron a una huida vergonzante a los ingleses en África Oriental tras arrojarles enjambres de abejas furiosas.

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